Cena Afrodisíaca
Foto: Michell L´Huillier M. (Isla de Pascua)
Milena es bastante obstinada. Gusta de leer y compartir con sus amigos. Adora el mar y el cielo de la Habana. Pero sobre todo, fantasea constantemente. Con una vida mejor o con una peor. Con amigos o enemigos. Con palabras dichas erradamente y otras que nunca dijo.
Una tarde de domingo, aburrida como todas, terminó de leer "Afrodita y otros cuentos afrodisíacos."
Isabel Allende inunda siempre el estante que hace de biblioteca en el sótano de su gran ruina, porque a esa edificación no se le puede llamar casa. Tal vez por eso nadie podía dejar de visitarla.
Había que atravesar toda la ciudad para ir a verla. Caminar largo y tendido por la quinta avenida de Miramar. Casi al final, y en un callejón sin salida, estaba la gran estructura. Un trozo de mansión que aun levanta la cabeza para mirarte de frente. Porque a pesar del tiempo no ha perdido su porte aristocrático.
Aquel domingo se alzó ante los ojos de su grupo de amigos. Todos emparejados e invitados de antemano a una "cena afrodisíaca". Obligatorio era ir con alguien por quien se sintiera atracción sexual.
Llegamos todos temprano. La luz solar del amanecer, acariciaba dulcemente la fachada de La Ruina. Las ventanas lloraban cristales rotos y las puertas chirriaban como en las malas películas.
Atravesamos la gran reja negra. Pisar el césped abandonado fue como entrar en otro mundo. Un mundo olvidado por demasiado tiempo.
Algunos pudimos saborear el aroma de los jazmines y la delicadeza de la hierba húmeda bajo nuestros pies descalzos. Una luz mágica nos llevó hacia el portón chirriante, con su aldabón de bronce, que solo Ale se atrevió a tocar.
Apareció entonces Milena para romper ese encanto y ofrecernos el suyo propio. Estaba como loca. Como cuando una idea le entusiasma al punto de la pasión. Sus mejillas enrojecidas y su ceja izquierda arqueada como si algo le preocupara.
"Houston, tenemos un problema" Dijo con una sonrisa plena en sus rizos rojos. "La receta de Allende lleva demasiados ingredientes. Por tanto y demás habrá que reducirla."
Se sentó en el suelo de pronto, con su camisón blanco descubriendo uno de sus muslos. Ojeó el libro con violencia y se detuvo en una página.
"Bien. Hay que eliminar la carne de vaca, dejamos el cerdo y el pollo, el vino blanco eliminado también. Quitamos los camarones, los mejillones..."
"Deja los mejillones" La interrumpió Ale. "¿Qué pasa caballero? En mi casa hay, no sé de dónde los sacaron, ni me importa."
"Ok, mejillones sí" apuntó Milena y prosiguió: "Almejas tampoco, ni garbanzos, aunque podemos sustituirlos con coloraos, ni papas..."
"Oye déjate de abuso, yo tengo papas..." volvió a interrumpir Ale.
"Bien, papas sí. Cebollas también, bueno supongo que los cebollinos surtirán el mismo efecto. Laurel tengo, espinacas ni soñarlo. Hiervas arómaticas, hum... Alguien sabe qué podemos usar ahí?"
Por supuesto Ale fue quien sugirió el romero y también tomillo que tenía en su casa.
Al instante se leyó satisfacción en la frente de Milena.
"Perfecto está todo, bueno... Los hombres vayan con Ale a su casa a buscar lo que falta y las mujeres, nos quedamos a cocinar y a brindar, que resolví una botellita de Guayabita del Pinar."
En media hora los chicos estaban de vuelta. Llevaron todo lo necesario y también garbanzos y espinacas y camarones. La madre de Ale trabajaba de sirvienta en la casa del embajador de Italia en Cuba, así que Ale añadió una botella de vino blanco y aceite de oliva, a la java de la compra.
Todos éramos muy jóvenes y apenas pensábamos en la comida sino más bien en el postre prometido.
La Ruina era nuestro refugio de amor. Y allí estuvimos toda la mañana. Solos y cocinando. Riendo y acariciándonos. Y así toda la mañana.
Milena quería hacer todo lo posible por seguir las instrucciones de la Allende. Así que metió las hierbas y el laurel en el fondo de una gran cazuela. Luego añadió la carne y unas rodajas de papas. Después el pollo y más rodajas de papas. Los camarones y mejillones de últimos "porque se cocinan más rápido" dijo y vertió media botella de vino blanco..."porque hay que ahorrar, tú sabes..." Agregó finalmente un chorrito de aceite de oliva. "Ale llévate la botella de aceite, que debe valer un ojo de la cara, o los dos, o los tres..." Rreímos todos y ella tapó la olla con un paño húmedo y luego una vieja tapa negra. Colocó encima varios libros y hasta un ladrillo naranja del patio.
"Ahora para cultivarlos, permítanme hacer un poco de historia sobre esta receta" Anunció con tono solemnemente teatral.
"Es originaria de la isla de Pascua. Una pequeña que hay en el pacífico y dónde intuyo que sus casi 4ooo habitantes son unos calentones..." Hubo más risas y miradas de complicidad. Evidenciándose los efectos de la Guayabita y todo lo demás.
"Estas dulces y ardientes personas solían cocinar esta comida, extremadamente afrodisíaca, y lo hacían bajo tierra, con carbón. Lo tapaban con ojas de plátanos y rellenaban el hueco con tierra. Entonces, justo cuando caía el sol, los hombres fornidos de la isla desentarraban el manjar. Liberando una potente columna de aromas exitantes..."
Acto seguido se inició una guerra de garbanzos, tal como sugería Isabel en Afrodita...
Fue ahí cuando la ruina se convirtió en palacio. Se mezclaron las bocas, las pieles, los sabores, los sueños y las ilusiones...
Aquella, fue para cada uno de nosotros una fiesta de dos. Proque a pesar de haber tanta gente nunca más nos encontramos, aquel día. Nos perdimos en La Ruina, cada cuál donde quiso o dónde le atacó el rayo fulminante de la lujuria. Un par en la hierba húmeda del jardín, otros en la angosta meceta de la cocina, la escalera también sirvió. Cualquier lugar era bueno.
Toda la ruina estalló en orgasmos y la cena por supuesto, se quemó...