Lo prohibido...

Había una vez, una adolescente llamada Ivanka. Lo vio por primera vez a la salida del Bertolt Bretch. Ella iba con su novio y él esperaba con un ramo de girasoles a que saliera la actriz protagonista. Vio como se les acercaba un amigo en común que al verse entre tres conocidos se apresuró a presentarlos.
Supo así que su nombre era Remberto y rió sin pudor. Él reparó en ella entonces y aunque la atracción fue mutua fingieron que la complicidad de sus miradas, que también reían, era sólo coincidencia o tal vez el efecto de maría. ¿quién sabría?
Cuando la actriz llegó quiso ir con todos a tomar una copa. Pero él propuso irse al Malecón con una botella de ron. Compraron cigarros y allí se fueron para sentarse en el césped que ahora ocupa la "tribuna antimperialista" pero que antes de eso era pasto de jóvenes enamorados.
Esa noche arreglaron el mundo entre todos y se depidieron cuando vieron el fondo blanco de la tercera botella de ron. Al hacerlo él la besó en la comisura de los labios y ella le dejó en la mano un papelito arrugado con el número de teléfono de una vecina.
Al día siguiente le avisó la vecina que tenía una llamada. Hola? Respodió ella y él le pidió que colgara porque quería llamar otra vez y escuchar ese Hola que tanto placer le produjo y ella hizo lo que él le pedía.
Así pasaron los días de conocerse en sesiones ocultas al teléfono. Se balanceaban entre amigos confidentes y amantes platónicos. Y la vecina, que aunque ponía mala cara, siempre le avisaba de la llamada.
Entonces llegó la primera cita. Tenían que verse. La cafetería del sótano del CPI (Centro de Prensa Internacional) sería el lugar escogido. Discreto y acogedor y aunque casi todo lo vendían en dólares, tenían café expresso a peso y pastelitos de guayaba al mismo precio.
En cuanto llegaron, él empezó a hablar de su actriz y aunque cualquier otra mujer se hubiera ido decepcionada en ese primer instante, Ivanka le aconsejó sinceramente lo mejor que pudo. Porque sólo quería quitarle esa ansiedad que parecía tener él y se sintió conmovida. Si era capaz de sentir tal pasión, ella quería un beso de esa boca apasionada.
De pronto ella dijo que tenía que irse. Su novio la esperaba. "Llámame mañana" Le devolvió el beso de la comisura y se marchó. Él sonrió, gratamente sorprendido y la miró alejarse.
Las llamadas continuaron auqnue él nunca más habló de su actriz. Comenzaba a interesarse por ella que reaccionaba inesperadamente a sus actos y palabras. Vino así la segunda cita.
El cine Yara los acogió una tarde que se volvió noche nada más entrar. Él le contó que los gitanos al casarse hacen un pacto de sangre, se cortan los pulgares y juntan las gotas rojas como símbolo de amor. Acto seguido le preguntó: ¿Te casarías así conmigo? Y ella sin pensarlo respodió que sí. Él sacó del bolsillo una pequeña navaja y se cortó un poco en el pulgar. Ella le ofreció el suyo y él que no podía dar crédito la cortó, todo lo delicadamente que pudo. Unieron su sangre en un gesto y finalmente, se besaron. Él le mordió la boca y ella le mordió también porque estaba muerta de deseo.
Quiso el destino que un tiempo después, en que siguieron las llamadas y en el que no hubo mas citas, una compañera de clase de Ivanka, que pasaba un curso de inglés en la manzana de Gómez, la invitara a almorzar a su casa y allá fue.
Cuál sería su sorpresa cuando al llegar encontró a Remberto sentado en la sala de la casa sin camisa y jugando dominó con su suegro. Sobra describir la tensión sexual de la situación. Ambos intentado que los demás no percibieran la "tormenta tropical" que los arrasaba por dentro. Y casi lo habían logrado cuando a la hora de irse él preguntó: Y tú estás casada? Ella dijo "Yo no" de inmediato y sin pensar y él insistió: ¿Seguro no estás casada? Y entonces reaccionó Ivanka: "Ah! Sí digo no, de verdad que no" pero la sonrisa la delataba aunque la novia de Remberto no sabía a qué venía aquella pregunta y mucho menos aquella respuesta.
Durante un par de años acumularon deseos y una noche, ya solteros los dos, decidieron dar un paseo por las calles de La Habana. Obispo estaba caliente y húmeda esa noche y tanto lo estuvo que el cielo tuvo que estallar en un aguacero que dejó desierto el paseo adoquinado de La Habana Vieja. Entonces se fue la luz y allí mismo bajo el agua de Ochún, fundidos en un abrazo, consumaron su amor, por priemra vez.


